Emma Sofía Macigalupo-Mungía
Universidad Humanitas, Querétaro
Dr. Jesús Andrés Torres-Vélez
Instituto Politécnico Nacional, CICATA-IPN Unidad Querétaro
En la conversación actual sobre salud mental, la ansiedad y el autocuidado ocupan un lugar central. Sin embargo, rara vez se explica con claridad qué ocurre a nivel cognitivo y neurobiológico cuando una persona come sin tener hambre fisiológica. Este fenómeno, conocido como alimentación emocional, no puede reducirse a una falta de disciplina: implica la interacción entre procesos afectivos, memoria, control cognitivo y sistemas de recompensa.
Evidencia reciente sugiere que las personas con mayor tendencia a la alimentación emocional presentan dificultades específicas en el control inhibitorio de recuerdos relacionados con comida, particularmente bajo estados emocionales “negativos”. Un estudio publicado en Appetite mostró que el afecto “negativo” se asocia con una menor capacidad para suprimir representaciones mnésicas de alimentos, lo que incrementa su accesibilidad cognitiva y, por tanto, la probabilidad de conducta alimentaria impulsiva (1). Este hallazgo sitúa a la memoria, y no solo al impulso, como un componente central del antojo.
Desde una perspectiva mecanicista, las emociones intensas activan redes asociativas previamente aprendidas. Si el consumo de ciertos alimentos ha funcionado como regulador emocional en el pasado, dichas experiencias quedan codificadas como respuestas adaptativas. En consecuencia, ante estrés o ansiedad, estas huellas mnésicas se reactivan de manera automática. Paralelamente, el afecto “negativo” compromete la función del control ejecutivo, particularmente en regiones prefrontales, reduciendo la capacidad de inhibir pensamientos intrusivos relacionados con comida. El resultado es un bucle en el que el antojo no solo emerge, sino que se mantiene activo.
No todos los alimentos participan de igual forma en este proceso. La literatura muestra una preferencia consistente por alimentos dulces, suaves y altamente palatables en contextos de malestar emocional. Esto se explica, en parte, por la activación del sistema de recompensa mesolímbico, particularmente circuitos dopaminérgicos implicados en la motivación y la anticipación del placer (2). Estos alimentos no solo son energéticamente densos, sino que generan señales hedónicas rápidas que pueden modular, aunque sea de forma transitoria, estados afectivos “negativos”.
Además de sus propiedades neuroquímicas, estos alimentos poseen características sensoriales que facilitan su consumo en contextos emocionales. Texturas suaves y sabores dulces requieren menor procesamiento sensorial y están frecuentemente asociados con experiencias tempranas de cuidado y seguridad, lo que refuerza su valor reconfortante (3). Estas asociaciones condicionadas incrementan su saliencia en momentos de vulnerabilidad.
Un marco teórico clave para comprender este fenómeno es la distinción entre wanting y liking. El primero refiere a la motivación o deseo de obtener un estímulo, mientras que el segundo al placer experimentado durante su consumo. La evidencia indica que, en la alimentación emocional, se observa una disociación entre ambos procesos: el wanting se incrementa de manera significativa, sin un aumento proporcional en el liking (1,4). En términos prácticos, esto implica que el individuo puede desear intensamente un alimento sin necesariamente obtener mayor placer al consumirlo, lo que contribuye a la repetición del comportamiento sin una satisfacción duradera.
El entorno contemporáneo amplifica estos mecanismos. La exposición constante a estímulos alimentarios, publicidad, disponibilidad inmediata y señales visuales en entornos digitales actúa como disparador de estas representaciones cognitivas, especialmente en individuos con estados emocionales negativos o con alta sensibilidad a recompensas. Este fenómeno, conceptualizado como “hambre hedónica”, describe el impulso de comer por placer en ausencia de necesidad energética (5).
En conjunto, la alimentación emocional emerge como un fenómeno multifactorial en el que convergen procesos afectivos, cognitivos y neurobiológicos. Comprender estos mecanismos permite desplazar explicaciones centradas exclusivamente en el autocontrol hacia modelos más integrales del comportamiento alimentario.
Más que preguntarse por qué falta control, resulta más útil identificar qué estado emocional está modulando la conducta en ese momento. En muchos casos, no se trata de hambre fisiológica, sino de una necesidad de regulación emocional mediada por sistemas que priorizan el alivio inmediato sobre el bienestar a largo plazo.
Referencias:
Zhang R, et al. Wanting to eat matters: Negative affect and emotional eating were associated with impaired memory suppression of food cues. Appetite. 2020;151:104686.
Berridge KC, Kringelbach ML. Pleasure systems in the brain. Neuron. 2015;86(3):646–64.
Gibson EL. Emotional influences on food choice: Sensory, physiological and psychological pathways. Physiol Behav. 2006;89(1):53–61.
Berridge KC, Robinson TE. Liking, wanting, and the incentive-sensitization theory of addiction. Am Psychol. 2016;71(8):670–9.
Lowe MR, Butryn ML. Hedonic hunger: A new dimension of appetite? Physiol Behav. 2007;91(4):432–9.