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Envejecer con autonomía: una mirada desde la promoción de la salud

Dr. Andrés Méndez Palacios Macedo

Universidad Anáhuac Mayab

Viejos los cerros…

A casi dos décadas de trabajar con personas mayores, una consigna me ha acompañado desde el principio. La encontré en el trabajo de una colega, en voz de uno de sus interlocutores: “¿viejo yo? ¡Viejos los cerros!”

Desde entonces, la frase me ha servido como referencia inmediata para recordar que la vejez también está en los ojos de quien la mira. Por supuesto que existen cambios relacionados con la manera en que nos movemos, comemos, procesamos los alimentos, guardamos información o hacemos uso de ella. El envejecimiento es un proceso innegable, pero no lo son, de la misma manera, las construcciones que hacemos a su alrededor. 

Cada persona, en cada región del mundo, envejece de forma distinta. Y no sólo porque nuestros organismos son diferentes; también lo son nuestras actividades, nuestra alimentación, nuestra ocupación, las relaciones que construimos y las distintas maneras en que nuestras condiciones de vida nos limitan o nos posibilitan. 

Incluso aquello que coloquialmente llamamos “achaques” merece cierta cautela. Los diversos malestares pueden asumirse como propios e inevitables de la vejez. “Son cosas de la edad”, se suele decir. El problema es que esa afirmación puede convertir una molestia, una enfermedad o una necesidad de atención en un destino que hay que aceptar. Como si cumplir años fuera explicación suficiente para todo aquello que ocurre en el cuerpo.

No todo lo que le sucede a una persona mayor ocurre porque es mayor. De esto no sólo han corrido ríos de tinta, sino que en cada encuentro con personas mayores en diferentes contextos he podido corroborar que se es viejo también en el sentido en que se piensa y en el que nos piensan quienes nos rodean. Recuerdo bien a un trabajador agrícola del sur del Estado de México a quien me costaba seguirle el ritmo por su parcela. Él estaba convencido de que la vejez llegaría en el momento en que no pudiera cuidar su milpa. Por supuesto que mi aproximación a él había ocurrido porque yo lo consideraba categóricamente como una persona mayor. La medida era mía, no suya. Para él, mientras pudiera levantarse, caminar por la parcela, decidir qué hacer con ella y hacerse cargo de sus cultivos, la vejez todavía estaba en otra parte.

…y reverdecen

Precisamente a partir de la mirada construimos algunos de los anclajes más arbitrarios para las posibilidades humanas: viejo es quien cumple cierta cantidad de años. A veces la categoría es todavía más caprichosa: basta con que alguien nos haga abuelos. Rara vez la frontera coincide con lo que cada persona determina para sí misma. 

Podría parecer una consideración inofensiva, pero ¿cuántas veces no se ha justificado una crítica diciendo que alguien “ya está grande para usar eso”? Como si la ropa, el maquillaje o cualquier otro artilugio tuviera un marcaje de edad semejante al de los juguetes: “úsese entre los 21 y los 35 años”.

Con el tiempo, ese marcaje empieza a estrechar el margen de posibilidades. Primero, no conviene vestir de cierta manera. Después, no debería practicarse determinada actividad, iniciar una relación, viajar solo o aprender algo nuevo. Más adelante, las recomendaciones alcanzan la comida, el dinero, los horarios y las salidas. Hasta que, en algún momento, ya no se opina sobre lo que una persona debería decidir sino que se decide por ella.

Por fortuna, siempre existe alguna pequeña rebeldía. Las hay en quienes deciden practicar un deporte; en quienes mantienen amistades a lo largo del tiempo y defienden un espacio para convivir; en quienes siguen trabajando porque su ocupación continúa dándoles sentido; en quienes aprenden a manejar un teléfono que supuestamente no corresponde a su generación o sencillamente deciden qué quieren comer ese día.

Pero también existen actividades que se parecen mucho a la autonomía y no necesariamente lo son. Seguir trabajando porque no se cuenta con una pensión suficiente no representa la misma posibilidad de elección. Tampoco cuidar a los nietos porque no existe alguien más que pueda hacerlo, ni mantener una cosecha porque de ella depende el sustento de la familia. Estar activo no siempre significa poder decidir.

La dependencia también es bastante más compleja de lo que solemos asumir, ya que puede adquirir dimensiones económicas, emocionales, instrumentales o funcionales, y sus trayectorias son distintas entre hombres y mujeres, entre contextos rurales y urbanos, y entre diferentes historias de vida. Necesitar apoyo no debería asumirse como desenlace homogéneo ni inevitable de la vejez; mucho menos como renuncia a la autonomía.

Una persona puede necesitar ayuda para desplazarse y decidir adónde quiere ir. Puede requerir apoyo para preparar sus alimentos y conservar la posibilidad de elegir qué quiere comer. Puede no administrar directamente una cuenta bancaria y seguir teniendo derecho a decidir cómo utiliza sus recursos.

La autonomía no consiste necesariamente en hacerlo todo solo. Consiste, en buena medida, en conservar la posibilidad de decidir sobre la propia vida. Y por eso muchas de esas pequeñas rebeldías son, en realidad, gestas por la autonomía: decidir qué comer y en compañía de quién; cuánto dinero gastar y en qué; cuánto tiempo dedicar al trabajo, al descanso o al ocio; cuándo aceptar ayuda y, también, cómo recibirla.

Una parte de todo esto ha quedado contenida en lo que solemos llamar envejecimiento activo. El problema comienza cuando una buena intención termina convertida en una nueva pauta desde la cual juzgamos a las personas. Porque también hemos construido modelos de cómo se debe envejecer: hay que caminar cierta cantidad de pasos, conservar determinadas capacidades, mantenerse productivo, ejercitar la memoria, comer correctamente, socializar y tener proyectos. 

Muchas de estas recomendaciones son razonables y los avances en el conocimiento han contribuido enormemente a mejorar la salud durante la vejez. El problema nunca ha estado en lo que el conocimiento aporta. El problema aparece cuando radicalizamos la pauta y construimos otra dicotomía imposible: envejecer bien o envejecer mal. Las formas de envejecer sólo pueden comprenderse dentro de las culturas y los contextos en los que adquieren sentido. Una vejez plena no puede tener exactamente la misma forma para el dueño de una milpa que para una persona jubilada en una ciudad, ni para quien envejece acompañado de una familia extensa que para quien lo hace dentro de una comunidad indígena, una residencia o un hogar unipersonal. Promover la salud entre personas mayores exige comprender las condiciones culturales y comunitarias desde las que se vive, se enferma, se cuida y se solicita ayuda. No se envejece en abstracto.

Cuando no se les tala

Hay, no obstante, una condición implacable cuando se avanza en la trayectoria de vida: los espacios, las personas y las formas de vivir cambian. No todos esos cambios son positivos. El que quizá más afecta y menos se considera ocurre cuando se pierde la comunidad. Desaparecen compañeros de trabajo, mueren familiares y amistades, los hijos se mudan, los barrios cambian y las actividades que antes reunían a las personas dejan de existir. Algunas limitaciones físicas pueden hacer más difícil salir de casa y, en otros casos, las propias familias comienzan a restringir los desplazamientos por miedo a que algo ocurra.

El mundo cotidiano puede hacerse progresivamente más pequeño. Es entonces cuando pienso nuevamente en el dueño de su milpa y lo contrasto con algunas personas que pasan los últimos años de su vida en un centro de asistencia social o en una casa de retiro. Vivir en estos espacios no significa necesariamente perder la autonomía, de la misma forma que vivir con la propia familia tampoco garantiza conservarla.

La diferencia está en algo mucho más sencillo: quién decide. A qué hora levantarse, qué comer, a quién recibir, cuándo salir, en qué gastar, qué actividades realizar y qué hacer con el tiempo propio. Los cuidados son indispensables cuando se necesitan, pero existe una frontera delicada entre brindar apoyo y sustituir sistemáticamente las decisiones de quien lo recibe. 

A veces, con la mejor de las intenciones, la cruzamos y conforme se pierden los espacios de decisión también pueden erosionarse las redes. Aparece entonces el peso de la soledad y del aislamiento. Las personas perdemos más rápido el “verdor” cuando se debilitan las relaciones con quienes hemos construido nuestra vida.

Quizá esa sea una de las razones por las que pensar la promoción de la salud durante la vejez exige mirar bastante más allá de los cuerpos. Importa poder caminar, alimentarse de manera adecuada, atender oportunamente una enfermedad y conservar tantas capacidades como sea posible. Pero importa también seguir teniendo algo qué decidir al despertar, tener a quién visitar, poder discutir con alguien, ser necesario para alguna tarea, conservar un lugar en la familia, en el barrio, en el campo o en cualquier comunidad que continúe reconociéndonos como parte de ella.

Promover la autonomía no significa obligarnos a permanecer jóvenes. Significa construir las condiciones para seguir tomando decisiones aun cuando cambien nuestras capacidades y aceptar que la ayuda, cuando sea necesaria, no debería borrar a quien la recibe. Por eso, cuando pienso en las condiciones que pueden ayudarnos a envejecer de la mejor manera posible, la pregunta no es únicamente cómo vamos a hacerlo: también importa con quiénes vamos a envejecer. Porque viejos, los cerros. Y todavía reverdecen cuando no se les tala.

Bibliografía:

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