Lic. Valeria Mandujano
Universidad Humanitas, Querétaro
M en C. Jesús Andrés Torres-Vélez
Instituto Politécnico Nacional, CICATA-IPN Unidad Querétaro
¿Te ha pasado que después de un día estresante lo único que quieres es algo dulce, caliente o suave? Un chocolate, un pan, una sopa o algún postre parecen tener un efecto casi inmediato de alivio. A este tipo de alimentos se les conoce como comida reconfortante y, aunque forman parte del imaginario cotidiano, la ciencia aún debate qué tan reales son sus efectos sobre nuestras emociones. En los últimos años, la psicología y las ciencias de la alimentación han puesto especial atención en la relación entre lo que comemos y cómo nos sentimos. Más que tratarse únicamente de nutrimentos, algunos alimentos parecen estar ligados a experiencias emocionales, recuerdos y vínculos sociales. De hecho, investigaciones sugieren que el efecto de la comida reconfortante depende menos de su composición y más de lo que representa para cada persona (Spence, 2017).
¿Qué es la comida reconfortante?
La comida reconfortante se refiere a aquellos alimentos que generan una sensación subjetiva de bienestar emocional. A diferencia de la alimentación que responde al hambre fisiológica, este tipo de consumo cumple una función psicológica: ayudar a manejar emociones. Muchas veces, estos alimentos están asociados con preparaciones caseras o con momentos significativos de la infancia, como comidas familiares o el cuidado de figuras cercanas. Por eso, un mismo alimento puede tener significados distintos dependiendo de la historia personal de cada individuo.
Aunque comúnmente se piensa que la comida reconfortante consiste en productos altos en azúcar o grasa, esta idea es limitada. Lo que realmente define a estos alimentos es su capacidad para evocar recuerdos y emociones positivas, más que sus características nutricionales (Spence, 2017). En este sentido, la comida reconfortante es tanto un fenómeno psicológico como cultural.
Ansiedad, emociones y antojos, ¿cómo se relacionan?
Desde la psicología, una de las formas de entender este fenómeno es a través de la regulación emocional. Cuando una persona experimenta estrés, ansiedad o tristeza, puede recurrir a ciertos alimentos como una estrategia para sentirse mejor, especialmente si no cuenta con otros recursos para manejar esas emociones. Diversos estudios han mostrado que, en estados emocionales negativos, existe una mayor preferencia por alimentos dulces y energéticamente densos. Esto se relaciona con el sistema de recompensa del cerebro, pero también con asociaciones aprendidas desde etapas tempranas de la vida.
Además del sabor, las características sensoriales juegan un papel importante. Muchos alimentos reconfortantes sonsuaves, cremosos o tibios, como sopas, purés o postres. Estas cualidades pueden generar sensaciones de calma y seguridad, lo que contribuye a su efecto emocional (Spence, 2017). Sin embargo, no todo se explica por el placer sensorial. La evidencia también muestra que las emociones negativas pueden afectar el control cognitivo. Por ejemplo, un estudio experimental encontró que cuando las personas están en estados emocionales adversos, tienen más dificultad para inhibir pensamientos relacionados con alimentos apetecibles (Zhang et al., 2020). Esto significa que no solo se antojan más estos alimentos, sino que también es más difícil dejar de pensar en ellos.
Más que hambre: soledad y vínculos emocionales
El efecto de la comida reconfortante no se limita a la ansiedad. También está profundamente relacionado con la soledad y las relaciones sociales. Desde la teoría del apego, se ha propuesto que estos alimentos pueden activar recuerdos vinculados con experiencias de cuidado, cercanía y pertenencia. Por ejemplo, pensar en una sopa casera puede evocar momentos de protección o compañía. Varias investigaciones han mostrado que incluso imaginar alimentos reconfortantes puede aumentar la sensación de conexión social (Troisi & Gabriel, 2011). Esto sugiere que su efecto no es solo fisiológico, sino también simbólico. Sin embargo, este efecto no ocurre igual en todas las personas. Aquellas con estilos de apego más seguros tienden a experimentar mayor beneficio emocional, mientras que quienes tienen dificultades en sus vínculos o en la regulación emocional pueden no obtener el mismo alivio.
¿Realmente funciona la comida reconfortante?
A pesar de su popularidad, la evidencia científica sobre su eficacia es mixta. Algunos estudios han encontrado que consumir comida reconfortante después de experimentar emociones negativas no mejora el estado de ánimo más que otros alimentos, o incluso que no comer (Spence, 2017). Esto no significa que sea un mito. Más bien, su función parece ser diferente a la que comúnmente se cree. En lugar de producir un cambio inmediato en el estado emocional, estos alimentos podrían ayudar a activar recuerdos y asociaciones sociales que generan una sensación de compañía o familiaridad. En la vida cotidiana, además, este tipo de consumo suele ocurrir en contextos más complejos, como estrés prolongado o sentimientos de soledad, donde los efectos no son inmediatos ni fácilmente medibles.
Entonces, ¿por qué comemos por ansiedad?
Comer por ansiedad no es simplemente falta de control o “debilidad”. Es una conducta que puede tener sentido desde el punto de vista psicológico: una forma aprendida de regular emociones y de buscar consuelo. El problema surge cuando esta estrategia se vuelve la principal o la única forma de afrontar el malestar emocional. En esos casos, puede generar un ciclo en el que las emociones negativas llevan al consumo y éste, a su vez, no resuelve el origen del problema. Reconocer cuándo comemos por hambre física y cuándo lo hacemos por razones emocionales es un primer paso importante para desarrollar una relación más consciente con la comida.
La comida reconfortante es un fenómeno complejo que va mucho más allá de los nutrimentos. Su significado se construye a partir de experiencias personales, emociones y vínculos sociales. Aunque no necesariamente mejora el estado de ánimo de manera directa, sí puede ofrecer una sensación simbólica de conexión y bienestar al activar recuerdos asociados con el cuidado y la cercanía. Más que una solución al malestar emocional, funciona como un recordatorio de nuestras experiencias afectivas. Comprender esto permite ver la alimentación emocional con mayor profundidad y abre la puerta a desarrollar estrategias más saludables y diversas para manejar la ansiedad y el estrés.
Referencias:
Spence, C. (2017). Comfort food: A review. International Journal of Gastronomy and Food Science, 9, 105–109. https://doi.org/10.1016/j.ijgfs.2017.07.001
Troisi, J. D., & Gabriel, S. (2011). Chicken soup really is good for the soul: Comfort food fulfills the need to belong. Psychological Science, 22(6), 747–753. https://doi.org/10.1177/0956797611407931
Zhang, R., Zhang, Y., & Wang, J. (2020). Negative affect, emotional eating, and inhibitory control: Evidence from a think/no-think task. Appetite, 150, 104634. https://doi.org/10.1016/j.appet.2020.104634