M en C. Darling Castillo
Universidad Anáhuac Mayab
La llegada de un bebé viene acompañada de mucho amor… y de una avalancha de consejos no pedidos. Si decides amamantar, es muy probable que hayas escuchado frases como: “No comas eso porque le dará aire al bebé” o “Toma atole para que te salga más leche”. La realidad es que la lactancia materna es un proceso fisiológico fascinante y eficiente, pero la desinformación suele generar culpas y restricciones innecesarias en la dieta de la mamá.
Para dar tranquilidad a las madres y derribar culpas innecesarias, es fundamental analizar la evidencia científica real, es decir, la de alta calidad de evidencia, detrás de las creencias populares más comunes sobre la dieta en la lactancia. A continuación, desmitificamos tres de las dudas más frecuentes.
Mito 1: “Debes tomar atole, cerveza sin alcohol o mucha leche para producir más leche”
Desde hace generaciones, se ha transmitido el consejo de consumir ciertas bebidas o alimentos —como atoles espesos, cerveza sin alcohol, maltas o grandes cantidades de leche de vaca— bajo la promesa de que “bajarán” más leche materna o mejorarán su calidad. Aunque estas recomendaciones suelen venir acompañadas de mucho cariño y buena intención, carecen de respaldo biológico.
¿Qué dice la ciencia? La verdadera clave es el estímulo
La producción de leche materna no depende de un ingrediente mágico en la dieta de la mamá, sino de un proceso neuroendocrino fascinante. Cuando el bebé se prende al pecho y succiona, envía señales nerviosas al cerebro de la madre, específicamente a la glándula hipófisis.
En respuesta a esa estimulación, el cerebro libera dos hormonas fundamentales: prolactina (encargada de fabricar la leche) y oxitocina (encargada de contraer los conductos para expulsarla). Por lo tanto, el factor determinante para producir más leche es la frecuencia, eficacia de la succión y el vaciado constante del pecho. A mayor demanda del bebé, el cuerpo de la madre responde produciendo mayor oferta.
La fama de remedios tradicionales, como el atole, radica en que aportan energía y líquidos, dos elementos que la madre necesita durante este periodo. Producir leche requiere un gasto calórico adicional y genera mucha sed. Al tomar una bebida caliente y nutritiva, la mamá experimenta descanso y confort, lo cual favorece la liberación de oxitocina (la hormona del bienestar) y facilita la salida de la leche. Sin embargo, es el confort y la energía lo que ayuda, no el alimento en sí.
En cuanto a la cerveza (incluso sin alcohol), algunos estudios antiguos sugirieron que los polisacáridos de la cebada podían estimular levemente la prolactina. No obstante, no hay evidencia sólida de que su consumo aumente el volumen de leche de forma significativa ni segura, y los carbohidratos necesarios pueden obtenerse fácilmente de una dieta equilibrada.
¿Cuánta agua o líquidos debe tomar una mujer en lactancia?
Existe la idea equivocada de que mientras más líquidos tome la madre, más leche producirá. La evidencia científica demuestra que forzarse a beber agua en exceso (más allá de la sed natural) no incrementa la producción e incluso puede resultar incómodo para la mamá. La regla de oro es responder a la señal natural del cuerpo: beber agua a demanda cada vez que sientas sed, especialmente durante o después de las tomas.
No necesitas forzarte a consumir bebidas pesadas ni alimentos que no disfrutes para asegurar el alimento de tu bebé. La mejor estrategia para mantener una buena producción es colocar al bebé al pecho a libre demanda, asegurar una buena técnica de agarre y mantenerte bien hidratada y alimentada según tu propio apetito.
Mito 2: “Si comes alimentos que dan gases (brócoli, frijoles, col), el bebé tendrá cólicos.”
Es sumamente común escuchar que si una madre lactante consume leguminosas (como frijoles, lentejas o garbanzos), verduras crucíferas (como brócoli, coliflor o col), o incluso refrescos y condimentos, los “gases” o la inflamación pasarán directamente a través de la leche al bebé, causándole retortijones, llanto incontrolable y los temidos cólicos. Esta creencia lleva a muchas mujeres a seguir dietas restrictivas, blandas y aburridas por miedo a hacerle daño a su recién nacido.
¿Qué dice la ciencia? El viaje de los alimentos en el cuerpo
Para entender por qué este mito es insostenible desde la biología, basta con observar cómo funciona el sistema digestivo de la mamá. Cuando comes frijoles o brócoli, estos alimentos viajan a tu estómago e intestino. La fibra y ciertos carbohidratos complejos (como los oligosacáridos) no se digieren por completo en el estómago y llegan intactos al intestino grueso.
Ahí, las bacterias de la microbiota intestinal materna fermentan esa fibra, lo que genera gas en la cavidad intestinal de la madre. Ese gas se queda en el tubo digestivo materno. Para que algo pase a la leche materna, primero tendría que absorberse a través de la pared intestinal, pasar al torrente sanguíneo de la madre y luego ser sintetizado por las glándulas mamarias. La fibra no digerida ni los gases intestinales entran al torrente sanguíneo; por lo tanto, es imposible que pasen a la leche materna.
Entonces, ¿por qué los bebés tienen gases y cólicos?
La inmadurez del sistema digestivo del bebé es la verdadera causa detrás de los cólicos y molestias en sus primeros meses de vida. Su intestino aún está aprendiendo a procesar el alimento y a coordinar los movimientos peristálticos para expulsar el aire.
Además, los bebés suelen tragar aire al llorar, al alimentarse con un agarre deficiente al pecho o al mamar muy rápido. Ninguno de estos factores tiene relación alguna con si la mamá comió lentejas o ensalada a la hora de la comida.
Los riesgos de las restricciones innecesarias
Eliminar grupos enteros de alimentos sin un diagnóstico médico de alergia no solo es innecesario, sino desaconsejable. La fibra presente en las leguminosas y verduras es vital para la salud intestinal de la madre, previniendo el estreñimiento (muy común en el posparto) y alimentando su microbiota. Asimismo, la leche materna cambia ligeramente de sabor según los alimentos que consume la madre, lo cual es muy beneficioso: prepara al bebé para aceptar una mayor variedad de sabores cuando inicie la alimentación complementaria.
Salvo que el bebé tenga una alergia alimentaria diagnosticada por un profesional de la salud (como la alergia a las proteínas de la leche de vaca), no hay razón científica para prohibirte leguminosas, verduras o especias. Si un alimento forma parte de tu dieta habitual y a ti te sienta bien, disfrútalo sin culpa ni miedo.
Mito 3: “Hay una larga lista de alimentos prohibidos.”
A menudo se le entrega a la madre lactante una extensa lista de prohibiciones que van desde cítricos, picante, condimentos y mariscos, hasta el café o el chocolate. Se cree erróneamente que cualquier alimento de sabor fuerte, ácido o potencialmente alérgeno afectará la calidad de la leche, irritará el estómago del bebé o le provocará reacciones alérgicas inmediatas.
¿Qué dice la ciencia? La versatilidad de la leche materna
La ciencia en nutrición y pediatría es categórica: no existe una lista universal de alimentos prohibidos durante la lactancia. La composición básica de la leche materna (proteínas, grasas, carbohidratos, vitaminas y minerales) se mantiene extraordinariamente estable para proteger la nutrición del bebé, independientemente de lo que la madre coma en un día determinado.
Lo que sí cambia ligeramente es el aroma y el sabor de la leche según los platillos consumidos por la madre. Lejos de ser algo negativo, la evidencia científica demuestra que esta variedad de sabores es un mecanismo evolutivo muy beneficioso. Prepara las papilas gustativas del bebé para la futura transición a la alimentación complementaria, haciendo que acepte con mayor facilidad una gran variedad de alimentos cuando cumpla los seis meses.
Sustancias que sí requieren atención y moderación
Aunque los alimentos en sí no estén prohibidos, existen ciertos compuestos que pasan libremente al torrente sanguíneo y, en consecuencia, a la leche materna. En estos casos, la clave no es la prohibición absoluta, sino la información y la moderación:
Cafeína: Se transfiere en pequeñas cantidades a la leche. En bebés recién nacidos o prematuros, la cafeína tarda mucho más tiempo en metabolizarse. La recomendación de los organismos internacionales de salud es limitar el consumo a un máximo de 200 a 300mg al día (aproximadamente 1 o 2 tazas de café al día), vigilando si el bebé presenta irritabilidad o alteraciones en el sueño.
Alcohol: El alcohol pasa en la misma proporción al torrente sanguíneo que a la leche materna. No existe un nivel de consumo de alcohol que se considere totalmente seguro para el lactante. Si la madre decide consumir alguna bebida alcohólica de forma ocasional, lo adecuado es esperar un tiempo prudente (aproximadamente 2 a 3 horas por cada unidad estándar consumida) antes de volver a amamantar o extraerse leche.
Pescados con alto contenido de mercurio: Se aconseja limitar el consumo de peces depredadores de gran tamaño (como el pez espada, tiburón, caballa gigante o atún rojo) debido a la acumulación de metilmercurio, prefiriendo opciones de bajo contenido de mercurio como sardinas, salmón, trucha o atún en lata.
El caso de las alergias alimentarias
A menos que exista un diagnóstico médico verificado de Alergia a la Proteína de la Leche de Vaca (APLV) u otra alergia específica en el lactante, la madre no debe eliminar lácteos, huevo, frutos secos u otros alérgenos de su dieta “por si acaso”. La restricción profiláctica o preventiva no previene alergias en el bebé y, por el contrario, puede comprometer el estado nutricional de la madre.
Amamantar no debe ser sinónimo de restricción ni de dietas insípidas. Una alimentación variada, equilibrada, rica en alimentos frescos y adaptada a la cultura y gustos de la madre es la mejor garantía de salud tanto para ella como para su bebé.
La lactancia materna es un camino de aprendizaje continuo que no tiene por qué estar marcado por la restricción ni por dietas insípidas. A lo largo de la historia, las intenciones de proteger al bebé han llevado a crear un sinfín de reglas informales sobre lo que una madre “debe” o “no debe” comer, generando dudas, ansiedad y privaciones totalmente innecesarias.
La evidencia científica es clara: la mejor alimentación para una mamá lactante es aquella que es variada, equilibrada, rica en alimentos frescos y, sobre todo, placentera. Salvo en situaciones médicas muy específicas o alergias diagnosticadas, no existen alimentos prohibidos ni recetas mágicas. Producir leche es un proceso biológico sabio y eficiente que se autorregula principalmente mediante el estímulo de la succión y el vaciado del pecho, no por el consumo de un platillo en particular.
Cuidar la alimentación durante la lactancia no significa buscar la perfección, sino asegurar que la madre esté bien nutrida, hidratada y tranquila. Al liberarnos de los mitos y abrazar la ciencia, no solo facilitamos esta etapa para la mamá, sino que también le brindamos al bebé la oportunidad de descubrir un mundo de sabores a través de la leche materna. Porque cuidar a quien nutre es, en última instancia, la forma más hermosa de cuidar al bebé.
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