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Dra. Diana Elizabeth Leyva Daniel

Ingeniería de Alimentos 

Universidad Iberoamericana

Los colores en los alimentos forman parte de nuestra experiencia cotidiana: desde el tono rojo de una bebida de frutas hasta el amarillo intenso de una botana o el azul vibrante de un dulce. Más allá de la estética, los colorantes cumplen una función tecnológica relevante: estandarizan la apariencia, compensan pérdidas de color durante el procesamiento y ayudan a que el consumidor identifique sabores o categorías de producto. Sin embargo, su uso especialmente en alimentos dirigidos a niños ha generado debate público. ¿Existe evidencia científica sólida que demuestre daños? ¿Cómo se evalúa su seguridad? La respuesta requiere distinguir entre percepción social y evaluación científica del riesgo.

En primer lugar, es importante entender que los colorantes alimentarios autorizados no llegan al mercado sin una revisión previa. Su seguridad es evaluada por organismos internacionales como el Joint FAO/WHO Expert Committee on Food Additives (JECFA) y la European Food Safety Authority (EFSA), así como por agencias nacionales. Estas instituciones analizan estudios toxicológicos, metabólicos y de exposición dietaria para establecer una Ingesta Diaria Admisible (IDA o ADI, por sus siglas en inglés). El ADI se calcula a partir de la dosis más alta en la que no se observan efectos adversos en estudios experimentales —conocida como NOAEL— y se divide entre factores de seguridad amplios (frecuentemente 100 o más). En términos prácticos, esto significa que el límite permitido ya incluye un margen de protección considerable para población general y subgrupos vulnerables como la infancia (EFSA, 2009; JECFA, 2016).

Uno de los puntos que más inquieta a padres y educadores es la posible relación entre colorantes artificiales y cambios de conducta en niños, particularmente hiperactividad o dificultad de atención. El estudio más citado en este contexto es el conocido “Southampton study”, publicado en 2007, que evaluó mezclas de colorantes con conservadores en grupos infantiles y observó efectos pequeños y variables en ciertas pruebas conductuales (McCann et al., 2007). No obstante, revisiones posteriores de agencias regulatorias señalaron que los resultados no eran consistentes ni generalizables a toda la población, y que el diseño experimental evaluaba mezclas de aditivos más que un colorante específico. En consecuencia, organismos como EFSA concluyeron que la evidencia disponible sugería posibles efectos modestos en subgrupos sensibles, pero no demostraba un daño generalizado ni justificaba la eliminación indiscriminada de todos los colorantes autorizados (EFSA, 2008).

Este matiz es crucial: peligro no es lo mismo que riesgo. Un peligro describe la capacidad intrínseca de una sustancia para causar un efecto bajo ciertas condiciones; el riesgo considera la dosis y la exposición real. Muchos estudios que generan titulares alarmistas emplean dosis muy superiores a las que se consumen habitualmente o escenarios teóricos de ingesta extrema. Cuando la evaluación se traslada a la dieta real —incluyendo peso corporal, frecuencia de consumo y concentraciones autorizadas— la exposición promedio suele ubicarse por debajo del ADI, especialmente en países con regulación estricta y etiquetado claro (EFSA, 2015).

Además, la seguridad de los colorantes no es estática. Los compuestos autorizados son revaluados periódicamente a la luz de nueva evidencia científica. Un ejemplo ilustrativo es el debate sobre el dióxido de titanio (E171), cuya evaluación europea cambió al no poder descartarse completamente un mecanismo genotóxico en forma nanoparticulada; ello derivó en decisiones regulatorias específicas en la Unión Europea. Este caso demuestra que el sistema de vigilancia sí responde cuando surgen incertidumbres relevantes, fortaleciendo la confianza en el proceso científico y regulatorio (EFSA, 2021). En contraste, otros colorantes han mantenido su autorización tras reanálisis exhaustivos, lo que indica que la evidencia acumulada continúa respaldando su uso dentro de los límites establecidos.

Desde la perspectiva tecnológica y nutricional, también conviene recordar que la eliminación total de colorantes no siempre es la solución más eficaz. En ciertos alimentos, el color facilita la identificación de sabores, evita confusiones y contribuye a la aceptación del producto, lo que puede ser útil, por ejemplo, en formulaciones pediátricas o suplementos. La alternativa de emplear únicamente colorantes naturales es viable en muchos casos, pero no está exenta de desafíos: menor estabilidad a la luz o al pH, variabilidad estacional y posibles alergias. La decisión, por tanto, debe basarse en un análisis integral de seguridad, funcionalidad y transparencia hacia el consumidor.

Para las familias, el mensaje práctico no es alarmarse, sino informarse y moderar. Una dieta variada reduce de forma natural la exposición a aditivos en general. Cuando se eligen productos con colorantes, es útil revisar el etiquetado y entender que los límites permitidos se han definido con amplios factores de seguridad. Asimismo, tener presente que algunos niños pueden ser más sensibles invita a observar respuestas individuales sin extrapolar conclusiones universales.

En síntesis, la evidencia científica disponible indica que los colorantes alimentarios autorizados son seguros dentro de los niveles de consumo establecidos. Las controversias han sido valiosas porque han impulsado más investigación, mejoras en el etiquetado y revaluaciones periódicas. Lejos de un escenario de “todo o nada”, la ciencia de los aditivos alimentarios se sustenta en evaluación de riesgo, actualización continua y comunicación transparente. Entender estos principios permite pasar del miedo a la información y, finalmente, a decisiones de consumo más conscientes.

Referencias:

EFSA (2008). Scientific Opinion on the Southampton study on food colours and hyperactivity. European Food Safety Authority.

EFSA (2009). Re-evaluation of food colours including Tartrazine (E102). European Food Safety Authority.

EFSA (2015). Refined exposure assessment of selected food colours. European Food Safety Authority.

EFSA (2021). Safety assessment of titanium dioxide (E171) as a food additive. European Food Safety Authority.

JECFA (2016). Safety evaluation of certain food additives. Joint FAO/WHO Expert Committee on Food Additives.

McCann, D., Barrett, A., Cooper, A., et al. (2007). Food additives and hyperactive behaviour in 3-year-old and 8/9-year-old children in the community: a randomised, double-blinded, placebo-controlled trial. The Lancet, 370, 1560-1567.

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