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Lic. Sofía Torres Landa Aizpuru

Universidad Iberoamericana

Durante muchos años, tanto la industria de alimentos como los consumidores han estado en una especie de “estira y afloja”: por un lado, los fabricantes buscan comunicar todo lo que contiene un producto; por el otro, el consumidor intenta muchas veces sin éxito entender qué significa realmente toda la información que aparece en la etiqueta.

Y no es poca cosa. En una sola etiqueta podemos encontrar la denominación del producto, la lista de ingredientes, los alérgenos, las instrucciones de uso, la tabla nutrimental, los sellos de advertencia, los claims de salud, entre muchos otros elementos. El problema no es que exista demasiada información, sino que nadie nos enseñó a interpretarla correctamente (Mhurchu et al, 2018).

¿Cómo puedo aprender a leer el etiquetado de alimentos?

El primer paso para entender una etiqueta es identificar la denominación del producto, que no debe confundirse con el nombre comercial o de mercadotecnia.

¿Qué es la denominación del producto?

La denominación describe qué es realmente el alimento, de acuerdo con la normativa. Por ejemplo, si tomamos un paquete de galletas del anaquel, su denominación no es el nombre de la galleta, sino su descripción. Por ejemplo: galleta sándwich sabor a chocolate con relleno cremoso sabor vainilla. Esto nos da una idea clara de qué tipo de producto es, independientemente de la marca o el diseño del empaque.

¿Qué es la lista de ingredientes?

Uno de los apartados que más suele intimidar al consumidor es la lista de ingredientes. Sin embargo, entenderla es más sencillo de lo que parece. Los ingredientes siempre aparecen en orden decreciente según su peso, es decir, del que está en mayor cantidad al que está en menor. Además, hay ingredientes que a su vez están compuestos por otros ingredientes. Por ejemplo, si un producto contiene “relleno de crema”, este debe desglosar los ingredientes que conforman ese relleno. Aquí es importante aclarar algo clave: leer ingredientes no significa satanizarlos. No se trata solo de saber cuánta cantidad hay de cada uno, sino de aprender a reconocerlos por su función, sin miedo a los nombres raros.

Dentro de los ingredientes, es fundamental distinguir entre alérgenos y aditivos. Los alérgenos son ingredientes con evidencia científica de que pueden provocar reacciones alérgicas o intolerancias en personas sensibles. Entre ellos se encuentran: gluten, cacahuates (maní), frutos secos de árbol, apio, mostaza, huevo, leche, sésamo (ajonjolí), pescado, crustáceos, moluscos, soya (soja), sulfitos y altramuz (lupino). Estos suelen destacarse en la etiqueta mediante negritas o leyendas como: “Este producto contiene…” o “Este producto fue elaborado en equipos que procesan…”, indicando la posible presencia de trazas por contaminación cruzada. (Gobierno de México, 2021)

Por otro lado, los aditivos son sustancias que se añaden a los alimentos para mejorarlos, ya sea en su textura, sabor, color o para prolongar su vida útil. Lejos de ser “venenos”, los aditivos son una herramienta clave para ofrecer productos seguros, estables y atractivos para el consumo. En México, su uso no es libre ni arbitrario: existe un Acuerdo de aditivos que regula estrictamente qué sustancias están permitidas, en qué alimentos pueden utilizarse y en qué cantidades máximas, con base en evaluaciones científicas de seguridad. Es decir, los aditivos que encontramos en los productos han pasado por procesos de análisis toxicológico y están autorizados estríctamente dentro de márgenes seguros para la población. (Secretaría de Salud, 2012)

De hecho, en legislaciones como la europea, incluso se indica la función del aditivo en la lista de ingredientes (por ejemplo: conservador, colorante o estabilizante), lo que ayuda a que el consumidor comprenda mejor su propósito. Entender este marco regulatorio permite dejar de ver a los aditivos como un riesgo automático y empezar a interpretarlos como lo que son: herramientas tecnológicas diseñadas para garantizar calidad e inocuidad. (Reglamento (CE) No. 1333/2008, 2008).

¿Qué es la cantidad neta y porción?

Otro punto que suele generar confusión es la diferencia entre la cantidad neta y la porción. La cantidad neta es el total de producto contenido en el envase, mientras que la porción es la cantidad que se consume en una sola ocasión. Entender esta diferencia es clave, sobre todo al momento de interpretar la tabla nutrimental.

¿Qué es la tabla nutrimental?

La tabla nutrimental es, en mi opinión, el elemento más importante del etiquetado para tomar decisiones conscientes. Aquí encontramos información sobre macronutrimentos y micronutrimentos, como grasas (saturadas, mono insaturadas y poliinsaturadas), carbohidratos, fibra, proteínas, vitaminas y minerales. Los valores se expresan generalmente por 100g o 100ml, y también por porción, incluyendo la energía total (kilocalorías) y, en algunos casos, el porcentaje de la ingesta de referencia diaria (FAO & OMS, 1985).

Como consumidores, no necesitamos memorizar todos los valores, sino identificar qué nutrimentos son relevantes para nosotros según nuestras necesidades y comparar opciones similares en el mercado.
Es importante mencionar que la mayoría de los aditivos no aparecen reflejados en la tabla nutrimental, ya que se usan en cantidades tan pequeñas que no aportan valor nutricional, solo funcionalidad.

Algunos productos incluyen instrucciones específicas, como la temperatura y el tiempo de cocción (por ejemplo, en alimentos congelados), así como condiciones de almacenamiento. Seguir estas indicaciones no es opcional: influyen directamente en la seguridad y calidad del alimento.

¿Y los sellos de advertencia?

Desde la implementación de la NOM-051 en México en 2021, los sellos de advertencia han generado mucha confusión. Aunque se presentan como una herramienta de salud pública, muchos consumidores no saben realmente qué significan ni cómo se asignan. Estos sellos no aparecen al azar: se basan en perfiles nutrimentales establecidos por la normativa, que evalúan energía, azúcares libres, grasas saturadas, grasas trans y sodio por cada 100g o 100ml de producto, no por la porción real de consumo

Esto no significa que al comer ese alimento automáticamente se excedan los límites diarios recomendados, sino que el producto, en su composición, supera ciertos umbrales técnicos. Por eso, ver un sello no debería generar pánico automático. En mi opinión, este sistema, más que promover una comprensión crítica del etiquetado, pareciera ser que ha contribuido a distorsionar la percepción de los alimentos y a generar miedo injustificado, e incluso conductas de riesgo en la relación con la comida, en lugar de fomentar una educación nutricional real y basada en contexto (Gobierno de México, 2021).

¿Qué otros datos trae el etiquetado?

Algunos productos incluyen “claims” de salud, como “ayuda a fortalecer los huesos”. Estas declaraciones no son arbitrarias: deben estar respaldadas por evidencia científica y aprobadas legalmente. Así que cuando veas este tipo de mensajes, recuerda que detrás hay investigación, estudios y regulación que avalan esa afirmación.

El etiquetado también incluye el nombre y dirección del fabricante, así como el número de lote, que permite dar trazabilidad al producto. Esto es fundamental para identificar posibles fallas en producción o atender quejas y sugerencias del consumidor.

Por último, es esencial distinguir entre dos conceptos que suelen confundirse: fecha de consumo preferente y de caducidad. La primera nos indica que, después de esa fecha, el producto puede perder características sensoriales (sabor, textura), pero no representa un riesgo para la salud. La otra, nos señala el momento a partir del cual el alimento ya no es seguro y no debe consumirse por riesgo microbiológico. Ambas fechas aplican siempre y cuando el envase permanezca cerrado. Una vez abierto, la duración del producto cambia.

Después de este recorrido por el etiquetado, es difícil volver a leer una etiqueta de la misma forma. Recuerda que no está ahí para asustarte, sino para informarte y ayudarte a tomar decisiones con criterio. Entender lo que consumes no te convierte en experto, te convierte en un consumidor consciente, capaz de cuestionar, elegir mejor y compartir información con sustento científico y legal. Cambiar la forma en la que hablamos de alimentos es también una forma de romper mitos y combatir la desinformación alimentaria, una etiqueta a la vez.

Referencias:

Secretaría de Salud. (2012, 16 de julio). Acuerdo por el que se determinan los aditivos y coadyuvantes en alimentos, bebidas y suplementos alimenticios, su uso y disposiciones sanitariasDiario Oficial de la Federaciónhttps://dof.gob.mx/nota_detalle_popup.php?codigo=5259470

Gobierno de México. (2021). Manual de la modificación a la Norma Oficial Mexicana NOM-051-SCFI/SSA1-2010: Especificaciones generales de etiquetado para alimentos y bebidas no alcohólicas preenvasados — Información comercial y sanitaria (v.16) [PDF].https://www.gob.mx/cms/uploads/attachment/file/653733/MANUAL_NOM051_v16.pdf

Reglamento (CE) No. 1333/2008 del Parlamento Europeo y del Consejo, de 16 de diciembre de 2008, sobre aditivos alimentarios (Consolidado a 17 de marzo de 2016). Diario Oficial de la Unión Europea L 354, 31.12.2008, p. 16. https://eur-lex.europa.eu/legal-content/ES/TXT/PDF/?uri=CELEX:02008R1333-20160317

Mhurchu, C. N., Eyles, H., Jiang, Y., & Blakely, T. (2018). Do nutrition labels influence healthier food choices? Analysis of label viewing behaviour and subsequent food purchases in a labelling intervention trial. Appetite121, 360-365. https://doi.org/10.1016/j.appet.2017.11.105

Food and Agriculture Organization of the United Nations & World Health Organization. (1985). Guidelines on nutrition labelling (CAC/GL 2–1985). FAO/WHO Codex Alimentarius Commission. Recuperado de https://www.fao.org/fao-who-codexalimentarius/sh-proxy/en/?lnk=1&url=https%253A%252F%252Fworkspace.fao.org%252Fsites%252Fcodex%252FStandards%252FCXG%2B2-1985%252FCXG_002e.pdf

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