Renata González-Yáñez
Universidad Humanitas, Querétaro
David Gael Ramos-Arredondo
Dr. Jesús Andrés Torres-Vélez
Instituto Politécnico Nacional, CICATA-IPN Unidad Querétaro
De acuerdo con algunas definiciones, un alimento es aquella sustancia que los seres vivos consumen para nutrirse. Sin embargo, en el caso de los seres humanos, comer va mucho más allá de cubrir necesidades nutrimentales: también comemos por placer, por costumbre, por convivencia e incluso para gestionar nuestras emociones. Esta relación ha despertado un creciente interés entre los científicos, quienes han encontrado que las percepciones sensoriales de los alimentos y la forma en que nos hacen sentir pueden influir directamente en la intención de compra de los productos que llevamos a nuestra mesa.
Según la Real Academia Española, un antojo es un deseo apremiante y pasajero. En el contexto de la alimentación, se trata de esos alimentos que nos generan una necesidad aparentemente “inexplicable” de consumirlos. Lejos de ser un capricho sin sentido, diversos estudios han buscado comprender qué hay detrás de estos deseos.
¿Qué sabemos hoy de los antojos?
Que al comer no solo ingerimos alimentos, sino también una cascada de emociones, estímulos sensoriales y experiencias asociadas al entorno en el que se consume la comida. Comer es una experiencia integral que involucra los sentidos, la memoria y el contexto.
Un estudio realizado por Djin Gie Liem et al., (2023) mostró que la estimulación multisensorial, como escuchar música, observar imágenes o leer descripciones sensoriales, puede modificar de manera significativa la experiencia emocional y el deseo por ciertos alimentos. Por ejemplo, cuando los participantes observaban una escena de playa acompañada de una descripción sensorial, aumentaba notablemente su deseo de consumir alimentos fríos. Estos resultados evidencian que la emoción asociada al acto de comer no depende únicamente del alimento en sí, sino también del contexto que lo rodea.
La cultura en la que crecimos también desempeña un papel fundamental en nuestras elecciones alimentarias. No solo contribuye a definir qué alimentos consideramos cotidianos, especiales o festivos, sino que además moldea nuestra identidad y la forma en que nos relacionamos con la comida. Un estudio realizado por Sulmont-Rossé et al., (2019), que analizó a más de 8 000 personas de 14 países, encontró que el concepto de bienestar asociado a la comida varía de manera significativa entre culturas. En algunos países, este bienestar se relaciona principalmente con el placer sensorial; en otros, con la salud y lo natural de la comida casera (Latinoamérica); y en otros más, con lo emocional y lo familiar.
Comemos no solo con la boca
Está ampliamente demostrado que, al consumir un alimento, todos nuestros sentidos participan en la experiencia: la música lenta favorece un ritmo de ingesta más pausado; los colores brillantes pueden hacer que los alimentos se perciban como más dulces sin contener más azúcar; el olfato representa una parte fundamental del sabor percibido; y las texturas suaves suelen asociarse con sensaciones de confort.
El cerebro no percibe el sabor de manera aislada, sino que lo “construye” integrando información proveniente de múltiples sentidos. Por ello, un mismo platillo puede experimentarse de forma muy distinta dependiendo del lugar, la compañía o el ambiente en el que se consume, basta recordar la escena de Ratatouille en la que Ego revive su infancia al probar un solo bocado.
Comprender la relación entre alimentación y emociones va más allá de una simple curiosidad científica: es una herramienta clave para mejorar el bienestar, la salud mental y la toma de decisiones cotidianas relacionadas con la comida. La evidencia muestra que nuestras elecciones alimentarias no ocurren al azar, sino que están influenciadas por sensaciones, recuerdos, expectativas culturales y estados emocionales.
Identificar emociones es saludable
Muchas personas comen en respuesta a la ansiedad, el estrés o la tristeza sin ser plenamente conscientes de ello. Identificar las emociones que detonan ciertos antojos permite desarrollar hábitos más saludables, fortalecer la conexión entre cuerpo y mente y, en consecuencia, contribuir a la prevención de trastornos alimenticios.
Comer va mucho más allá de satisfacer una necesidad biológica: es una experiencia profundamente humana. Nuestras elecciones alimentarias están atravesadas por emociones, cultura, sentidos y contexto. La comida es también placer, memoria y pertenencia. Comprender cómo los sentidos y el entorno influyen en lo que sentimos al comer nos permite enriquecer esta experiencia, practicar una alimentación más consciente y reconectar con la comida desde una perspectiva más humana.
Bibliografía:
Liem, D. G., Mawas, M., & Keast, R. S. J. (2023). Evoked sensory stimulation of the eating environment impacts feeling of presence and food desires in an online environment. Food Research International, 167, 112645.
Sulmont-Rossé, C., Drabek, R., Almli, V. L., van Zyl, H., Silva, A. P., Kern, M., McEwan, J. A., & Ares, G. (2019). A cross-cultural perspective on feeling good in the context of foods and beverages. Food Research International, 115, 292–301.